Me dedico a pintarme las uñas de un tono con nombre de fruta. Dos capas, algodones y un bote de acetona. Tareas que requieran concentración de erizo para que mi lado de zorro no se desparrame por la mesa del comedor. Tras dos capas y varias maldiciones, me conformo con el resultado porque tengo parte de mi alma flotando como globos de helio junto a una mosca pegada al techo.
Conformarse, palabra que me revuelve el estómago. Tiro a la basura los principios de deportividad olímpica. He sido del montón, finalista destacada, medalla de bronce y hasta una subcampeona con cierto estilo en otras ocasiones. Pero me canso, no quiero ser segunda en está nueva carrera.
Estaría bien ser la primera, la número uno sin rival que me alcance ni relevista impaciente que me aleje del record definitivo.
No quiero lamentarme ni filosofar sobre el significado oculto de mis propios ritos. Los precursores de la psiquiatría alemana, francesa y rusa se han acomodado sobre mi cama y juegan a las adivinanzas. Se han comido todas mis pipas de calabaza y miran con deseo mis uñas, les advierto que no dejaré que arruinen mi manicura, ni mucho menos que se coman mis restos de paciencia.
Epícteto me mira a los ojos y entiendo por fin que todo lo que dice vale para mí. No me perturban las cosas, no me alteran porque las reinterpreto como deseo. Transformo la realidad, sustituida por "mi" realidad.
Elimino las inclemencias del tiempo, el discurrir de la bolsa, los vaivenes de emociones y las invitaciones enviadas por correo. Atenderé a lo que es controlable, a lo que dependa de mí. Otro proposito sería como tratar de disuadir al viento del noroeste con un cazamariposas como arma.
Me hago omnipotente en mi vida. Soy la primera en mi lista de la compra, he desbancado a los eternos reproches y las expectativas ajenas. No me hace falta demostrar nada, al menos no ahora, estoy completamente decidida.
Soy erizo de convicción, pero con estrategias de zorro. Vamos, que todos los caminos me llevarán a Roma, porque lo digo yo, y con eso basta
la eternidad atrapada en una noche
Hay en la intimidad un límite sagrado
que trasponer no puede aun la pasión más loca
siquiera si el amor el corazón desgarra
y en medio del silencio se funden nuestras bocas.
La amistad nada puede, nada pueden los años
de vuelos elevados, de llameante dicha,
cuando es el alma libre y no la vence
la dulce languidez del goce y la lascivia.
Pretenden alcanzarlo mentes enajeadas,
y a quienes lo trasponen los colma la tristeza.
¿Comprendes tú ahora por qué mi corazón
no late a ritmo debajo de tu diestra
Me hablan del amor eterno, pasiones arrebatadoras y el dulce sabor de dejarse caer y deslizarse a la parte más animal, cegados por el deseo.
Niego con la cabeza. No es eso a lo que me refiero cuando hablo del ideal romántico. Adentrarse en el cuerpo para llegar al alma, la esencia, esa arista que no se conoce pero se vislumbra allá al fondo. Agazapada en la próxima conversación o en la siguiente copa, nos asaltará como palomas que escapan de las chisteras de doble fondo.
La magia existe, y a veces no es necesaria una década, ni tampoco noches de lujuria. Hay quien se ha prendado de simples conexiones, de diálogos fluídos, miradas sinceras, caricias dadas con palabras y besos construidos a base de frases.
Hay quien vivió su mayor historia de amor en el cuarto de un modesto apartamento de Leningrado. Allí algo nació y murió una noche fría de 1945. Sin importar las condiciones o las presiones políticas; sin necesidad de camas, cortejos o bailes; sólo ellos, un diplomático, Isaiah Berlin, y una poeta (nunca quiso ser llamada poetisa) censurada por Stalin, Ana Ajmátova.
Confidencias, poemas escritos de memoria, lágrimas, recuerdos y platos de patatas compartidos se fueron esparciendo por la alfombra. Al amanecer eran tranparentes el uno para el otro